El fundamentalismo americano
es un artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Alfontso Martinez Lizarduikoa publicado en GARA el 23 de julio del año 2000.
El fundamentalismo americano
Hace un año escaso que la junta de educación de Kansas (EEUU) decidió eliminar la Teoría de la Evolución de las materias escolares, cediendo así a las presiones ultraconservadoras. Las últimas encuestas que acerca de este tema se han realizado entre la población estadounidense son cuando menos preocupantes. Casi la mitad de los yankis creen que el universo lo creó Dios hace 10.000 años y sólo un 10% acepta como correcta la teoría de la evolución darwinista. Es decir, que aproximadamente el 90% de la población americana, (unos 240 millones de personas) vive intelectualmente en las puertas de la Edad Media. Y esto en una sociedad cuyos modelos simbólicos y comportamentales pretenden ser exportados (y lo más peligroso es que poseen fuerza comercial, militar y mediática para ello) a toda la población planetaria en nombre de la globalización económica y del mercado único.
La alienación masiva de la sociedad americana ya fue retratada magistralmente por Chomsky cuando nos recordaba que, a pesar de todo su sistema de comunicaciones «on line», el pueblo americano era el menos informado del planeta aunque sí el más entretenido por los media. Y así, en este caldo de cultivo tan rico para la generación de cualquier tipo de fascismo, surgen movimientos como el denominado «creacionismo científico», en cuya base se encuentra la derecha evangélica, que pretende denostar la teoría evolucionista porque en su seno se dan debates permanentes (según ellos falta de acuerdo en lo fundamental) y problemas sin respuesta, lo cual no es más que una expresión de su crisis y falta de credibilidad.
En primer lugar habrá que recordarles que el concepto de evolución (al que Darwin dió un impulso definitivo) es un campo de juego que todos los científicos aceptan ya como base para empezar el diálogo y la discusión. La investigación empírica ha demostrado que la evolución existe en el cosmos a todos los niveles. Tanto en el nivel cuántico, cosmológico, geológico, biológico como en el mundo animal (y humano); en todos estos niveles brilla la evolución con luz propia. La existencia de esta evolución global, y de la darwiniana en particular, es quizás una de las pocas cosas que sabemos con seguridad hoy en día, en base a los datos científicos (registro fósil, estratigrafía, genética, etc...). Sin embargo, lo que no está tan claro es encontrar cuales han sido los mecanismos por medio de los que se ha dado tan complejo proceso evolutivo. Sabemos muchas cosas, pero cada solución parcial abre una cascada de nuevas preguntas. Y eso no es malo, ni un índice de debilidad de la teoría. Al contrario, las buenas teorías científicas son aquellas que abren permanentemente nuevas líneas de investigación (nuevas preguntas para la discusión). La opinión (muy fundamentalista, por otro lado) de que una teoría buena es la que ya ha alcanzado la verdad para siempre está ligada a una concepción muy estrecha e ingenua (o quizás muy interesada) de lo que es el funcionamiento científico.
Pero, como apunta el paleontólogo Stephen Gould, bajo el ascenso creacionista en EEUU existen unos intereses que nada tienen que ver con la racionalidad. La resurgente secta evangélica estructura ante todo un programa político en el que se lucha por la prohibición del aborto, por la supresión de los derechos de la mujer, por la familia patriarcal..., y contra el darwinismo y por una historia de la naturaleza hecha a medida del caldo integrista en que está sumergida la desestructurada (en términos sociales) sociedad americana. Estos son los efectos colaterales (culturales) de lo que los ideólogos del neoliberalismo económico denominaron en su día la «revolución Reagan»: Oscurantismo, ignorancia y represión.
El capitalismo, en esta fase de acumulación y concentración de plusvalía, necesita masas dóciles y para ello ha de desestructurarlas socialmente (aislamiento individual) y alienarlas culturalmente. La racionalidad y la cultura (en sentido amplio) son factores inasimilables por el sistema si se contagian a las masas, y por ello son en potencia profundamente desestabilizadores para todo sistema autoritario. El ataque contra el darwinismo es, desde este punto de vista, un aspecto más de esa lucha global que el capitalismo internacional ha emprendido contra toda la humanidad. Y como todas las modas del Imperio llegan luego a colonias, ya tenemos aquí al PP (aplicado alumno del amo americano) intentando imponernos de nuevo las clases de religión y la Historia Imperial Española en su ya famoso Decreto de Humanidades.
Uno recuerda aún con nostalgia cómo la lucha ideológica en tiempos del franquismo pasaba también por la lectura de Oparin, Einstein, Darwin, Marx o Freud. Parece que volvemos de nuevo a la misma trinchera. En la respuesta global que la izquierda ha de ir construyendo frente a la agresión también global del imperialismo fundamentalista, el frente de la ciencia, de la cultura, de la racionalidad y del debate colectivo han de ser prioritarios. Y para ello, frente a la sociedad entretenida (alienada) por los últimos avances tecnológicos de la «comunicación» deberíamos potenciar de nuevo ese gran invento cultural que es el libro y su compañero ineludible, la lectura. Una de las armas más potentes en manos de los oprimidos. ¡Utilicémosla!
Alfontso Martinez Lizarduikoa
Doctor en Ingeniería y filósofo